Granos negros de café

¿Por qué comprar café de comercio justo?

Un café en una barra de Madrid cuesta poco más de un euro y medio. De esa cantidad, la parte que llega al agricultor que cultivó el grano es sorprendentemente pequeña, y durante décadas ha dependido de un precio internacional que sube y baja sin que el productor pueda hacer nada al respecto. El comercio justo nació precisamente para romper esa dependencia, y no funciona como la mayoría de la gente imagina.

No es un sello de buenas intenciones

Lo primero que conviene aclarar es que el comercio justo no es una declaración de principios: es un conjunto de condiciones económicas, sociales y medioambientales que se auditan de forma independiente a lo largo de toda la cadena. Si no se cumplen, no hay certificación.

Ese esquema es el que hay detrás de decisiones como la de las cafeterías de Food and Gourmet, que compran el grano directamente a pequeños productores en lugar de recurrir a la cadena habitual de intermediarios. Un café de especialidad puede llegar por muchas vías; la del trato directo es solo una de ellas, pero es la más trazable.

El precio mínimo: una red de seguridad, no una limosna

Aquí está el mecanismo central. Fairtrade es el único sistema de certificación que fija un precio mínimo obligatorio por debajo del cual no se puede comprar, pase lo que pase en el mercado. Para el arábica lavado —que supone más del 80 % de todo el café de comercio justo vendido— ese suelo está hoy en 1,80 dólares por libra.

La cifra no es fija en el tiempo. En agosto de 2023 subió desde 1,40 dólares, y a partir del 1 de diciembre de 2026 pasará a 2,00 dólares por libra. La idea es sencilla: si el precio internacional se desploma, el caficultor cobra igualmente ese mínimo, lo que le permite planificar la campaña siguiente en lugar de sobrevivir a ella.

La prima: veinte centavos que no van al bolsillo

Además del precio, hay una prima de 20 centavos por libra que se paga aparte. Y tiene una particularidad que se cuenta poco: no se reparte como ingreso individual, sino que se invierte de forma colectiva en proyectos que decide la propia organización de productores.

Con ese dinero se financian cosas muy concretas: mejorar la productividad, adaptar los cultivos al cambio climático, invertir en calidad o en infraestructura, o cubrir servicios comunitarios. Hablamos de una red de cerca de 900.000 caficultores repartidos en más de 650 organizaciones de 31 países, así que el efecto acumulado no es menor. En el mundo del café de especialidad, esa prima explica por qué dos granos con un perfil parecido pueden tener historias muy distintas detrás.

Un hombre pagando con el datáfono

Lo que el comercio justo no garantiza

Conviene ser honesto con esto, porque se mezcla todo. El comercio justo no es lo mismo que el café ecológico: son certificaciones distintas, con criterios distintos, y un grano puede tener una y no la otra. Comprar café orgánico dice cómo se ha cultivado; comprar comercio justo dice en qué condiciones se ha pagado.

Tampoco garantiza por sí solo que la taza esté buena. Un café de calidad depende del grano, sí, pero también del tueste y de la barra: el café de especialidad se juzga en taza, no en el papel del certificado. Por eso las dos cosas suelen ir juntas donde el producto se cuida: en la carta de Puerta de Toledo, por ejemplo, el café que acompaña los desayunos es 100 % ecológico y de tueste artesanal, dos características que hablan del cultivo y del proceso, no del precio pagado en origen.

Qué puedes hacer tú cuando pides un café

Poca cosa y mucho a la vez. Preguntar de dónde viene el grano cuesta diez segundos, y la respuesta —o la ausencia de respuesta— ya dice bastante. En una cafetería de especialidad esa información suele estar disponible; en una máquina de gasolinera, no.

Elegir un café sostenible tampoco exige convertirlo en una causa. Basta con que, cuando puedas escoger, escojas: un café de origen conocido, con un tueste cuidado y comprado en condiciones que el productor pueda sostener. Las tres cafeterías del grupo trabajan con ese criterio en Madrid, Tres Cantos y Collado Villalba.

Al final, un café artesanal bien hecho es el último eslabón de una cadena que empieza a miles de kilómetros y varios meses antes. Que el primer eslabón cobre lo suficiente para seguir ahí el año que viene no es un detalle romántico: es la condición para que dentro de una década siga habiendo café que merezca la pena tomar.